BLUE RUIN

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Blue Ruin (Jeremy Saulnier, 2013)

Thriller sangriento y sosegado, de violencia escasa pero explosiva, que basa su argumento en la cara más desagradable de la venganza convirtiéndose por momentos en un drama.

El segundo film de Saulnier (Murder Party y la que lo ha consagrado dentro del género, Green Room) utiliza el color en el título para explicar, en una disertación precisa de lo peor que nos puede pasar por la cabeza cuando el rencor se apodera de nuestro corazón, el fracaso que supone vivir de odio y consumar ese veneno en algo brutal y sin sentido. La ruina que presenta es triste y sin prestigio.

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Dwight es un sin hogar que un día recibe la noticia de que el asesino de sus padres está a punto de salir en libertad. En un arrebato, y a la vez como si se tratara de algo meditado a lo largo de los años, planeará e improvisará su brutal e imprecisa venganza, poniendo en riesgo lo poco que tiene (si es que tiene algo) y las vidas de todos los que se cruzan en su camino.

La estructura de planos está construida para que los pequeños detalles sean la escusa para el fatal desenlace: los pies, el bote de gasolina, las llaves del coche, el rifle, etc.; nos recuerdan que son las pequeñas cosas las que pueden convertirse en las desencadenantes de algo grande.

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Cabe destacar el gran papel de Macon Blair (actor fetiche del director), que a medio camino entre el buen samaritano y una cara triste digna de Stephen Rea, juega a la ambigüedad moral tan característica de los personajes de cine negro y de los títulos más violento de los Hermanos Coen.

Y es que es de estos últimos de donde más bebe el film: desde Fargo a No Es País Para Viejos; o a títulos del cine independiente americano como Winter’s Bone, Frozen River o la australiana Animal Kingdom.

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El guión muestra una amoralidad pasmosa, basada en el odio entre familias (algo soterrado que sale a flote a la primera de cambio y de lo que es imposible escapar). Está estructurado a golpe de tiro, sin tener que justificar nada (sin testigos y sin levantar sospechas, como una venganza que solo existe en la cabeza del protagonista), con un maniqueísmo hermético y distante, donde el espectador nunca estará cómodo y le será imposible empatizar con nadie. Existe un discurso sobre la tenencia de armas en EEUU y las consecuencias peyorativas de usarlas (todos esconden un arsenal en sus casas). La violencia es cruda, real, a veces fallida, y siempre desmitificada. La sangre brota a borbotones de la sien de las víctimas. La secuencia en la que Dwight extrae de su muslo una flecha clavada hasta las plumas en plano detalle, se convierte en la bandera del film, y un aviso a los que sigan el camino iniciado por Saulnier (un prometedor realizador al que tener muy en cuenta) que apunta hacia el exploitation y al desmadre sangriento que es Green Room.

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Formado en historia del arte, comunicación y dirección de cine, es técnico en realización y producción de vídeo y televisión. Ha trabajado alquilando y vendiendo películas, y también como redactor. Combina la crítica con la escritura, y se considera un estudioso del lenguaje cinematográfico y un apasionado del cine clásico, de género y de autor.
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