EL RETRATO DE DORIAN GRAY

The Picture of Dorian Gray (Albert Lewin, 1945)

Clásico extraño e inquietante (por momentos terrorífico), más cercano a las producciones de la RKO que de la MGM. Dirigida por Albert Lewin (Pandora y el Holandés Herrante, Soberbia), un director de carrera personalísima: profesor de literatura judío en Harvard, corrector de guiones, productor y pintor; bajito y mujeriego, íntimo de Renoir y amante del expresionismo alemán; existen mil anécdotas sobre él y muy pocas críticas concienzudas acerca de su trabajo. En definitiva, es un director a reivindicar con fuerza por parte de las nuevas generaciones.

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Basada en la mítica obra de Oscar Wilde (y siendo ésta la mejor versión de todas las que se han hecho de este clásico literario), la historia narra las visicitudes del joven Dorian. Éste, vende su alma al Diablo a cambio de la eterna juventud, relegando al cuadro que le ha pintado su amigo, todas las desventajas del paso del tiempo y las consecuencias negativas de sus actos.

La película, que mezcla la literatura, la pintura y la música, se nos muestra a veces indescifrable en su totalidad, llena de alegorías al mundo del ocultismo y al misterio. Con tintes de terror, el film es frío y distante, lleno de pasiones contenidas que no se desbordan. Estamos frente a un metraje muerto, con personajes casi vampíricos que se pasan la película recorriendo grandes distancias en un ritmo lánguido y lleno de atmósferas perturbadoras.

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En mitad de los brillantes y afilados diálogos de Lord Henry (que únicamente funcionan en la novela) se retrata a una intelectualidad amoral en mitad de una realidad onírica. Se logra retratar como nunca el mundo en descomposición de la época victoriana y su mezquindad. En este sentido la película se moja y mucho.

En ella encontramos el mundo oscuro de Fausto, de Poe, del descenso a los abismos, al Sherlock Holmes de Payet y luego de Rathborne, al Dr. Jekyll y Hyde de Stevenson, a Henry James, a la historia de Pigmalión, al cine mudo de Murnau, Griffith o Lang…

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Existen diferencias importantes respecto a la historia de la novela, hecho que nos demuestra el trabajo personal de Lewin, que también firmó el guión. La sobrina (Gladis) no existe en la novela (de hecho es un cruce entre dos personajes) y tampoco firma el cuadro (eso es un recurso narrativo). El gato tampoco existe en la novela, por ejemplo. La historia, que habla del bien y del mal, del perdón y de la redención, no es tal en la obra literaria, ya que Wilde prescinde del arrepentimiento del protagonista y no existe atisbo alguno de voluntad cristiana de rezo o de perdón.

Cabe destacar que la historia habla de la bisexualidad y la mala vida que suponía la homosexualidad en la época (hecho que marcó a Wilde ya en su novela y fue hasta perseguida por la autoridad policial), todo esto se presenta como algo soterrado, mediante referencias cómicas en diálogo, el chantaje final con la carta y los rumores de las damas en sociedad. Los horrores de Dorian, por poner un ejemplo, nunca se nos muestran, sólo se nos cuentan en tercera persona. Hay que decir que en la moral de 1945 este hecho tampoco es irrelevante.

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La secuencia del tugurio, un verdadero descenso al infierno, donde nos abre la puerta un enano jorobado en mitad de la niebla del Londres de Jack el Destripador, las escenas en el muelle, con los pintores perdedores y alcohólicos, arruinados por su mala vida, y el plano de la mariposa atrapada (metáfora premonitoria de lo que le sucederá al joven protagonista) son auténticas joyas cinematográficas dignas del mejor cine surrealista.

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Hay que destacar el magnífico papel de Angela Lansbury (Se Ha Escrito Un Crimen, Sansón Y Dalila o En Compañía de Lobos), que se llevó el Globo de Oro a la actriz de reparto, y la oscarizada fotografía en B/N (y luego en color) de Strandling, que nos muestra al final toda la brutalidad y la sangre del cuadro a todo color, como un precursor del cine de horror que se realizaría en el futuro.

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La puesta en escena es elegante y muy trabajada (hay planos orientados desde el punto de vista del gato egipcio), el trabajo efectuado con la profundidad de campo es excepcional, así como el movimiento rígido de los actores sobre el tablero de ajedrez (las baldosas brillantes del suelo); todo eso decorado con un preciso montaje de autor, basado en enlazar secuencias muy largas con otras de tempo muy corto, como si fueran insertos. La película es atrevida y una rareza para Metro de la época (basta decir que comienza con un poema de Omar Khayyam).

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Para mi, y sin lugar a dudas, estamos frente a una de las mejores películas de autor (y de terror) de la historia del cine; una obra maestra compleja, que vale la pena ver una y varias veces para descubrir cosas como que se lee a Baudelaire en el carromato y se referencia a Bram Stoker y al Conan Doyle del Signo de los Cuatro

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Formado en historia del arte, comunicación y dirección de cine, es técnico en realización y producción de vídeo y televisión. Ha trabajado alquilando y vendiendo películas, y también como redactor. Combina la crítica con la escritura, y se considera un estudioso del lenguaje cinematográfico y un apasionado del cine clásico, de género y de autor.
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