The eyes of my mother

the eyes of my mother

SANTOS QUE YO TE PINTÉ, DEMONIOS SE TIENEN QUE VOLVER

“The eyes of my mother” (2016), película que conquistó a Sundance y a Sitges cuando se presentó hace ya unos años y que hoy recupero, para hablar un poquito de psycho-terror y de qué herramientas usa Nicolas Pesce en esta película para crear a una psicópata de manual.

“The eyes of my mother” dura escasos 170 minutos, pero la intensidad de los mismos convierte la sensación del visionado en algo de mayor duración. Rodada en un blanco y negro bellísimo, lleno de matices, la película empieza con una preciosidad de plano que nos enseña un bosque muy frondoso de algún lugar en el norte de América y que me hizo recordar inmediatamente a la novela de Christian Guay-Poliquin “El peso de la nieve”.


Enseguida se nos presenta a madre e hija, con obvias raíces portuguesas, y vemos que viven semi-aisladas en mitad de ese bosque, cuidando de sus vaquitas y, también, descuartizándolas para comer, una cosa muy normal y natural, cuando no tienes “Grocery stores” a la vuelta de la esquina, puesto que todo el mundo necesita alimentarse.

La madre, a la que se le aprecia un aire de dejadez y de desnutrición vital (de estas personas que han perdido el brillo en la mirada), le podemos apreciar, sin embargo, que aún le pesa encima un velo de cultura y conocimientos de especialista, en este caso, especialista en ojos, sobretodo ojos humanos, ya que es, supuestamente, una cirujana retirada. Y, como buena madre, ella se encarga de trasmitirle este saber a su hija de unos 11 o 12 años y que solo parece tener por compañía a sus padres y a las vacas y que, con mente fría, se introduce con fascinación en la disección y estudio del comportamiento de las vísceras, la carne y la muerte. Y los ojos, claro, que su progenitora le enseña a entender a través de las leyendas de San Agustín, entre otras vicisitudes.

Esta niña, Francisca, nos va a mostrar el horror de vivir en una deformación estructurada ya, desde pequeñita -una deformación ambientada en una utopía bucólica- y de crecer en una deconstrucción de sistemas familiares y sociales, que ya apreciamos desde el comienzo de la película.

Dime dónde has estado, niña de cara blanca…

La vida de Francisca y su madre se ve truncada de pronto. La figura de la madre es arrebatada de la vida de la niña y ésta, se encargará, a partir de ahora, de diversos frentes abiertos que no van a hacer más que engrosar su carrera hacia el psycho-status cuyo catalizador ha sido la pérdida traumática de la madre.

El primero de estos frentes es su padre, personaje carente de afecto hacia la niña y con una manera bastante peculiar de relacionarse con su hija. Pero, sobretodo, al frente abierto más grande al que se enfrentará Francisca en el resto de la película es al de buscar amor allá donde ella cree que se puede encontrar, usando sus tristes recursos, deformados y perturbadores. Vamos viendo a Francisca evolucionar en su fascinación por apegarse al amor, a la compañía de sus “creaciones” transformadas en seres querido, mientras suenan unos hermosos fados que aún le dan un aire más bucólico al tétrico ambiente de esa casa en mitad de la nada.

Yo no tengo la culpa de que te duela el alma…

Esto podrían decirle tranquilamente aquellos a quienes Francisca se va encontrando, en esa sedosa demonización de sus aptitudes para la cirugía que su madre le inculcó de niña.

Y digo sedosa porque, una cosa que me interesa muchísimo de esta película es el carácter atemporal que tiene el relato y que se disfruta en el uso de un atrezzo y vestuario hipernaïf y, una vez más, bucólico e inocente, rompiendo absolutamente con la extrema dureza de la línea argumental. La protagonista vive tan aislada de la sociedad que no podemos percibir, ni bien por sus vestimentas ni bien por la decoración de la casa ni por el uso de la tecnología, en qué década exacta se está sucediendo el drama, lo cual nos hace entender que la psicopatía funciona bien en cualquier momento.

Sin duda, lo que tenemos en “The eyes of my mother” es a uno de los personajes femeninos con más fuerza del panorama cinematográfico independiente de los últimos años, una niña/mujer que deslumbra entre los efectos poéticos que el director nos presenta a lo largo de todo el metraje a través de la música, los planos, los detalles cuidados y la maravillosa estética de Arcadia maldita tan cuidada. Un baile constante con las circunstancias de la protagonista y los efectos de estas circunstancias sobre su macabra relación con la vida y su entorno.

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